#DesmontandoEstereotipos sobre Lesbianismo indígena con Fátima Gamboa

En este #DesmontandoEstereotipos, platicamos con Fátima Gamboa sobre el lesbianismo indígena.


Fátima es fundadora del Colectivo Ma’alob Kuxtal, en donde coordinó el proyecto denominado: “Hacia la creación de una Ruta Crítica Integral Micro Regional de Atención a la Violencia que sufren las Mujeres Mayas en Yucatán, desde una Perspectiva Intercultural y  de Derechos Humanos de las Mujeres Indígenas”, en Mérida, Yucatán. Se ha desempeñado como abogada litigante en la organización civil indígena  Centro Alternativo para el Desarrollo Integral Indígena, A.C. Forma parte de la Red de Abogadas Indígenas en México y de la Red de Jóvenes Indígenas de Centroamérica y México. Como becaria de la ONU, participó en la sesión 58 de la Comisión de la Condición Jurídica y Social de la Mujer (CSW), en la sede de las Naciones Unidas, Nueva York, del 8 al 16 de marzo del 2014. Recientemente recibió el Premio “Presbítero Jorge Antonio Laviada Molina” por su labor como agente al cambio social. Actualmente es coordinadora del área legal de Equis Justicia Para Las Mujeres. La pueden encontrar en Facebook.

Nos gustaría compartir, también, un texto que escribió Fátima al respecto, sobre su propio proceso de “devenir lésbico”.

 

Asumiendo con dignidad y reivindicando con coraje

Por Fátima Gamboa

 

Para mi devenir lésbico fue clave comprender mi propio cruce de identidades que posicionan mi ser en el mundo. Todos los pasos, y todas las batallas que relato a continuación me llevaron a dónde estoy ahora, a ser quien soy, y a ser la mujer que quiero ser.
Para hablar de “mi devenir lesbiana y feminista”, primero tengo que contar que soy indígena, que crecí en una situación económica precaria en Yucatán, en un marcado sistema de clases, y que por supuesto, he sufrido las imposiciones de género en mi “cuerpa”.

Todo esto no es anecdótico, sino que es clave para entender  mi devenir lésbico.

Yo no sabía que era lesbiana

No, no lo sabía, porque no me cuestionaba la heterosexualidad impuesta. Es ahora, con más de 30 años, cuando me asumo y presumo cómo lesbiana, es ahora cuando he recuperado mi cuerpo, mi sexualidad, mi placer, mi ser y mi autonomía.

De niña nunca fui “la muñequita”, “la princesita”, “la bien portada”. Como buena rebelde, cruzaba constantemente esa línea de género – invisible y mutiladora- que nos impide disfrutar con toda la energía la niñez, que roba a las niñas los espacios y la palabra. Yo cruzaba esa línea una y otra vez con mis comportamientos  “inadecuados para una niña”, ante la mirada cuestionadora de mi familia, nuestro círculo social y todo el vecindario.

Me salió caro. ¿O pensaron que no iba a tener consecuencias? Terapias psiquiátricas por un diagnóstico de TDAH, terapias psicológicas por “lento aprendizaje”, repetir curso en primaria, expulsión en secundaria, suspensión en la prepa…

Las estructuras de socialización se imponen por las buenas o por las malas. Y si no te “adaptas”, si no eres “cómo debes ser”  todo el aparato racial, clasista y heteronormativo de nuestra sociedad te cae encima en forma de burlas, discriminación y violencia, que terminan, en muchos casos anulándote, borrando todo tu potencial de ser diferente, toda posibilidad de ser tú. Aunque seas sólo una niña.

Mi cuerpo, mi campo de batalla

Puedo resumir mi devenir en una serie de batallas, de luchas internas:

Mi primera lucha interna se dio cuando era niña.  Yo sabía que parecía un niño y además sentía cierto entusiasmo, en ese entonces inconsciente, por compartir gustosamente más con otras niñas.

Esta fue la primera batalla que perdí, sin siquiera darme cuenta, nunca me permití concientizar ese gusto por las niñas, y terminé anulándolo.

La segunda batalla fue en mi identidad como mujer indígena. Tenía que ver con quién soy y de donde vengo. Mi papá me decía “india”, de cariño, porque me parecía a mi abuela, a su mamá. Mi hermana mayor también me decía india, pero “por ser la más fea y parecida a la abuela”. Y yo, que no quise asumir esta batalla, preferí identificarme como hippie que cómo indígena. No fue una decisión consciente, pues responde a factores estructurales y de discriminación que impregnan la historia, mi propia historia personal, familiar y la historia del pueblo maya al que pertenezco.

La tercera batalla fue una gran victoria. Aquella niña de 5 o 6 años, que nunca había estado en condiciones de decidir sobre lo que quería, ahora, cómo mujer, toma las riendas de su sexualidad. Aquella tarde, aquella chica del bar me robó un beso, e hizo tambalear todo lo que yo sabía hasta ese momento en el plano afectivo y sexual. Así, apareció mi mundo.  Un mundo más rebelde, más amoroso, más real, intenso y completamente lésbico.

Ya sabía que era lesbiana porque me gustaban las mujeres. Pero “sólo me asumía lesbiana en cuanto a práctica sexual”. Sin pensar en la implicación política que esto conlleva. Faltaba algo más.

San Antonio de Sihó y yo

Y finalmente, todas las máscaras cayeron. El trabajo con mujeres mayas en la localidad de San Antonio Siho no fue una batalla, fue una luz que me dio muchos más que aprendizajes. Allí, en San Antonio se rompió para siempre el yugo de género, clase y raza que arrastraba desde niña. Las máscaras del mestizaje cayeron, mi historia de vida cobró sentido al mirar las historias de otras hermanas indígenas con las que me identificaba personal e históricamente. Entendí que por mucho tiempo me avergoncé de mis raíces, y sentí un coraje contra misma y contra los sistemas que han contribuido a negar lo “indígena”, a negarme. Fui, junto con otras mujeres, víctima y testigo de la discriminación por raza (sobre todo en el acceso a la justicia), y comprendí que ciertos cuerpos no importan por cómo están posicionados en el mundo.

En San Antonio de Sihó entendí que para luchar contra eso hay que librar muchas batallas, y las primeras son personales. Me llamo Fátima, tengo 31 años y quiero asumirme con dignidad. Quiero reivindicarme con coraje para ser quien soy, mujer  indígena, y quién quiero ser,  políticamente y afectivamente lesbiana y feminista (con los asegunes que tengo con el movimiento).

En todo este camino de aprendizajes y batallas, aprendí de mis carencias y necesidades convirtiéndolas en desafíos y formas diferentes de vincularme a lo material y disfrute de las relaciones sexo-afectivas con mujeres. Pero hasta que no posicione mi cuerpo en un contexto global e histórico de discriminación, no pude asumirme cómo lesbiana y feminista.

Para mi devenir lésbico fue clave comprender mi vida a través de la historia de sufrimiento, resistencia y alegría de un pueblo, mi pueblo indígena. Fue así cómo asumí con dignidad mis otras identidades, para  ahora reivindicarlas con coraje y desde el amor.

 

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